Ingràvid. Festival de Cultura Contemporánea del Empordà
Figueres
24, 25, y 26 de septiembre de 2010
La utilización del espacio público como “soporte” o “medio” artístico mantiene unos parámetros comunes y otros diferenciadores. Por un lado, comenzando por los comunes, en la mayoría de los casos hablamos de intervenciones efímeras, realizadas ad hoc, y dirigidas a un público mayoritario y no “dispuesto o preparado” para ver arte, como lo estaría al acudir a un museo (se pierde en este caso esa sacralización de la obra artística que se puede dar en un centro museístico, uno de los rasgos definitorios del arte en la actualidad). Por otro lado, sería la idea, la finalidad, el proceso y la recepción de la obra por parte de los espectadores, lo que variaría el resultado de cada trabajo artístico. Pero lo realmente interesante del uso del espacio público es el posicionamiento de los artistas frente al reto de transformar la percepción de parte de la ciudad con sus obras. Cambiar el punto de vista del paseante, hacer cómplice o partícipe al ciudadano, hacer uso de los elementos comunes para un fin artístico, son los objetivos de “El Reto Ingrávido”, que propone Hablar en Arte a tres artistas y un colectivo de intervenir las calles de Figueras a partir de la invitación de Ingràvid 2010. Una proeza que nace de la investigación y el “trabajo de campo”, tan olvidado por los artistas de taller. Un desafío que es aún mayor para artistas que deben trabajar en una ciudad diferente a la de su lugar de residencia habitual.
El trabajo de Carlos Maciá tiene una clara vinculación con los graffiti y la ocupación de espacios, en un claro ejemplo de horror vacui. De ahí que utilice marcadores, rotuladores o sprays industriales, materiales que permiten un trabajo muy espontáneo y gestual, con unos rasgos rápidos e improvisados. Su interés le lleva a transformar plásticamente diferentes espacios, abiertos o cerrados, bien con garabatos circulares a gran escala, o mediante líneas que acentúan la arquitectura. La Plaza de Josep Pla, situada a pocos metros de La Rambla, representa un espacio visual de gran atractivo. De una parte, el acceso directo desde La Rambla permite contemplar la imponente fachada del Teatre Municipal El Jardi, edificio modernista proyectado por el arquitecto Llorenç Ros i Costa. Pero una vez en la plaza, el viandante descubre que no todo el espacio tiene el decoro de este frontal, puesto que la esquina más cercana al acceso tiene la apariencia de un solar abandonado, tapiado y quemado, donde se amontonan los containers de basura. La propuesta de Carlos Maciá trata de dignificar esa zona a través de pintura dorada que recalque las formas arquitectónicas, como se ha realizado a lo largo de la historia del arte con la utilización del pan de oro en pinturas, esculturas y edificios para la divinización de los soportes.
Marlon de Azambuja investiga el “potencial escultórico” de las aceras, bordillos y paredes de la ciudad, así como del mobiliario urbano. Con un material tan efímero como cinta de embalar de colores estridentes, Marlon de Azambuja envuelve elementos comunes para resaltarlos frente al resto de objetos que les rodean. Por lo tanto, utiliza la propia morfología de los elementos que encuentra en la ciudad para crear esculturas abstractas. En la mayoría de los casos, esos elementos intervenidos pierden su funcionalidad y su cotidianidad. De ahí el interés del artista de alterar farolas, bancos, fuentes o escaleras, que durante unos días no pueden ser utilizados. Uno de los accesos de La Rambla, el paso de la Placeta de La Rambla al bulevar, es intervenido por Marlon de Azambuja en un tramo lateral. Con la estructura creada con la cinta adhesiva se impide el paso normal de los viandantes, que tienen que bordearla para contemplarla por todos sus lados. Se genera un cambio en el entorno que no es sólo estético sino también funcional, al romper la rutina de movimiento de la propia ciudad. La fuerza del color, la sugerencia de los volúmenes y ángulos de las formas que hay debajo de la estructura, el cambio de material (en este caso, el plástico de la cinta frente a la piedra de las columnas y ánforas) y el uso de los espacios vacíos, genera una intervención que llega a romper la estructura visual de toda la plaza.
El trabajo de Fernando García se puede definir como un juego irónico y sutil. Su labor en el espacio público defiende lo anecdótico, cambiando la realidad de las cosas hasta engañar al espectador, que no es plenamente consciente de la obra hasta una lectura posterior. Sus acciones en la calle van desde la utilización de soportes publicitarios, donde el espectador no consigue distinguir hasta un segundo vistazo que lo que ve no es una publicidad sino un mensaje diferente, hasta la transformación de espacios urbanos en desuso. Fue en Berlín donde Fernando García comenzó a desarrollar su proyecto de creación de falsas galerías de arte utilizando los escaparates de tiendas abandonadas o cerradas. Con unos simples vinilos y pegatinas colocados sobre las ventanas y puertas de los locales, Fernando García los convertía en supuestos lugares de exposición de arte contemporáneo. El espectador no podía saber si realmente estaba contemplando una galería real obligada a cerrar por los bajos ingresos (lo más probable), si próximamente se iba a abrir una galería en ese local, o si la instalación del artista que en ese momento estuviera exponiendo se basaba en tener la galería de esa guisa. El proyecto es una crítica irónica al comercio del arte aplicado aquí al centro turístico de Figueras, entre calles donde las tiendas tradicionales compiten con los nuevos comercios de comida rápida, souvenirs de la ciudad y merchandising daliniano.
Por último, La Más Bella propone una relación con el ciudadano diferente a las tres propuestas anteriores. En este caso plantea una experiencia más participativa con sus BolaBellamátics, máquinas expendedoras de arte. En lugar de juguetes, el BolaBellamátics facilita en el vientre de las 120 bolas transparentes que contiene una o varias obras de arte. Es participativo tanto en su creación y producción, como en su recepción por parte del público. En el primer proceso, La Más Bella invita a diferentes artistas, escritores y otros creadores de diferente índole a diseñar piezas exclusivas para su distribución masiva. Aunque la propia máquina ya se considera un proyecto artístico de La Más Bella, el espectador puede ir más allá adquiriendo, por tan sólo uno o dos euros, una pieza exclusiva de arte. Frente a la galería de arte, la BolaBellamátic permite la compra de arte a precios muy populares y a pie de calle. Eso sí, la suerte del comprador es fundamental, puesto que no puede elegir la bola que más le plazca ni cambiarla por otra. El mítico Café Royal de Figueras, situado a mitad de La Rambla, es el local que acoge una de las BolaBellamátics.
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